Espacio y territorialización de lo rural.

Desde las lógicas de la sociedad moderna e industrial, el espacio rural fue considerado como marginal y periférico. La tecnificación y orientación industrial de la agricultura que producidas a partir de la segunda mitad del siglo XX, motiva una serie de profundos cambios: lo rural se transforma en un espacio contingente, fluido, desvinculado de cualquier referencia socioespacial estable o necesaria haciendo que sus significados se afirmen relacional y específicamente para cada situación en un contexto cada vez más globalizado.

Sin embargo, lo rural contiene diversidad de agentes, actividades, escenarios o situaciones que implican valores en torno a los espacios conformados como lugares propios, definiéndose, histórica e intersubjetivamente, de manera cambiante y plural.

Los espacios rurales o urbanos no son internamente homogéneos, las sociedades itinerantes que se asientan sobre sus espacios fluidos conforman trayectorias multidireccionales y a veces, discontinuas, obligando a considerarlos, localmente, como complejos y abiertos.

Sobre el espacio físico se constituye el espacio social, nuestras sociedades transforman, delimitan, despliegan contenidos, valores y sentidos, territorializando el espacio.

La creciente incorporación de elementos simbólicos y culturales, a los objetos de las economías rurales, ha propiciado un reforzamiento del papel del territorio como soporte de significados, con la consiguiente transferencia de los valores territoriales a los productos o servicios, favoreciendo un énfasis creciente en su elaboración simbólica, así como de la propia imagen territorial.

La economía real, es decir la economía en minúscula, es producto de la acción, no siempre racional y previsible, de personas que actúan con agencia social de forma colectiva. La acción económica es socialmente situada y no puede ser explicada únicamente en referencia a motivos individuales.

Las redes económicas tienen capacidad de despliegue y la interdependencia de las diferentes actividades crea trasvases de capital entre sectores y dependencia de productos-servicios en una imagen colectiva-territorial, generadora de sinergias.

Las formas de consumo se ponen en práctica en determinados lugares, muchas veces de forma exclusiva al ser apropiadas por un grupo social específico. La utilidad de los objetos es la de actuar como discriminantes de clase, reafirmando y reforzando el estatus de quien los disfruta o posee.

El consumo se convierte así en una estrategia política, donde detrás de las lógicas formales – estéticas de los objetos, valoración de las prácticas – se esconde una lógica de clase, es decir, un dominio sobre el espacio, los lugares y los territorios.

Todo esto contribuye a dotar de una mayor trascendencia a la procedencia de los objetos económicos y al lugar donde se realizan las prácticas de consumo, implicando una economía de signos y espacios, un consumo de lugares.

Nuestro consumo es importante y significativo para reforzar los valores que comprometen a espacios singularizados o pluralizados como territorios. ¿Quiénes son los agentes implicados en la construcción territorial de un espacio?¿Qué formas se relevan y cuáles quedan al margen? Los discursos que van tramando las lógicas de consumo siempre están definidos por las políticas y economías en mayúsculas, apropiándose de valores y disponiéndolos para un consumo no cuidado. Reflexionar sobre estas prácticas en relación a un consumo de lugares, es muy importante a la hora de preservar los espacios que sostienen los entramados vitales.